Elogio de Edgardo Giménez
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RUBÉN H. RÍOS
Es inevitable que esta nota asuma un tono personal y también subjetivo o, más, una manera en absoluto sesgada respecto de su tema, el libro No habrá ninguno igual sobre Edgardo Giménez, que se publicó junto con la muestra (o mejor: megamuestra) que se realizó en el Malba entre el 24 de agosto y el 13 de noviembre de 2023, con un éxito abrumador de público y elogiada unánimemente por la crítica. Me refiero a que conozco a Edgardo desde hace unos veinte años y que, además, he colaborado con todos los libros que ha diseñado y editado con artículos y textos, y participado en algunos de sus proyectos artísticos y culturales. Lo conocí a principios de los 90, en casa de Martita Romero Brest, uno de los interiores realizados por Edgardo más celebrados. Por entonces me ocupaba de ordenar, a pedido de Martita, los inéditos y el legado bibliográfico de Jorge Romero Brest, fallecido en 1989. Al respecto mis logros fueron conseguir un editor para Arte visual en el Di Tella (Emecé, 1992), reeditar dos libros agotados sobre cubismo y abstracción con el título Así se mira el arte moderno (Beas, 1993) - todos ellos prologados por mí - y compilar una selección de inéditos. Fue el interés por el pensamiento estético de Romero Brest lo que, en definitiva, provocó que Edgardo me propusiera colaborar con él. Y acepté por un solo motivo: lo consideraba (y lo considero) un gran, enorme artista.
Precisamente por eso me alegró el éxito rotundo de la exposición antológica del Malba, mucho más que cualquiera de sus anteriores muestras exitosas. De hecho, me parece que representa la consagración definitiva de Edgardo, el reconocimiento multitudinario y también especializado de su arte, el momento de coronación de una larga trayectoria como diseñador, interiorista, publicista, pintor, escultor, escenógrafo, arquitecto, performer, en una palabra, como un artista excepcional. Romero Brest, quien más que un crítico de arte era un teórico de lo estético, concebía a Edgardo como un diseñador universal, capaz de diseñar cualquier cosa, desde afiches hasta esculturas, desde camisas hasta pinturas, desde muebles hasta tapices. Allí está, pienso, la marca de su excepcionalidad y de su intenso brillo en el arte contemporáneo, quiero decir, en esa capacidad de desplazarse entre la galería de arte o el museo de bellas artes – la institución artística – y las imágenes y los objetos de la vida cotidiana – el espacio vanguardista por excelencia –, sin perder imaginación creadora, invención estética, la apertura de otros mundos, aun en el seno de la realidad más prosaica. Para mí, y lo he sugerido en otra parte, el arte de Edgardo se caracteriza por una poética de la alteridad, todo lo alegre y lúdica que se quiera, pero que ha originado una especie de universo paralelo, con su flora y su fauna, sus utensilios y sus casas, su mística y enigmáticos emblemas.
Se me dirá que Edgardo Giménez es, al fin y al cabo, un artista pop (yo diría “alter-pop”) y que exagero en mi valoración. No tengo ningún inconveniente en aceptar lo primero, al menos hasta cierto punto, aunque no lo segundo. El libro No habrá ninguno igual (título de suprema ironía), ya que esta nota trata sobre el mismo, constituye un argumento a mi favor. Este libro de más de 400 páginas, de cuidadísima edición, narra su amplia obra en imágenes – algunas no recogidas en libro con anterioridad – que abarcan desde su primer afiche (de 1962) para el pintor Antonio Seguí, seguido del período en el Instituto Di Tella y demás (la tienda Fuera de Caja asociado con Romero Brest, las casas, los muebles, las escenografías para cine, los afiches para el Teatro San Martín, etc.), hasta la Casa Neptuna de Uruguay (2020), el último diseño arquitectónico. En esa serie, que se desarrolla precedida de un esclarecedor artículo histórico-cultural de María José Herrera, curadora de la exposición del Malba (y de otras de Edgardo), se pueden ver algunos de los elementos que componen el universo paralelo al que aludía. Algunos ejemplos obvios: el gato-cajonera, la sala de estar de la Casa Colorada, los collages, la estética industrial de la discoteca Soho, la Casa Azul de City Bell, el saltamontes dorado, las camas-luna creciente, el mueble de los mandriles y las nubes, la lámpara-flor, el mueble de espejos, las instalaciones. Se ha comparado a la Casa Neptuna con un juguete y efectivamente lo es, solo que muy grande.
En la carta que Christian Larsen, ex curador del MoMa y del Museum of Art and Design de Nueva York, le escribe a Edgardo, que cierra el volumen, le dice que entiende su obra “como la vanguardia de la avant-garde”, lo cual también podría impugnarse como una exageración. La gente del Malba, la fundación IDA (Investigación en Diseño Argentino) y el Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA), responsables de la muestra y del libro, entre otros proyectos, evidentemente, no creen que suene exagerado. Estas instituciones se encuentran trabajando para promover el reconocimiento internacional del arte de Edgardo, ya presente en diversas colecciones de Estados Unidos y Europa, y han comenzado la distribución de su obra gráfica en varios museos. Como también la reedición de un conjunto de serigrafías producidas para Fuera de Caja en 1970. De modo que, noles volens, esta proyección internacional asumida por una alianza de fundaciones deja en claro, o debería dejarlo, el carácter extraordinario en América Latina de la obra de un artista que desafía todos los cánones – por lejos – del arte moderno y posmoderno.
Publicado en el suplemento cultural del diario Perfil el 7 de enero de 2024.





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