Notas sobre Masa y poder de Elias Canetti
ACERCA DE MASA Y PODER (1960) DE ELIAS CANETTI
RUBÉN H. RÍOS
I.
El hombre teme que lo toque aquello desconocido, y todas las distancias que ha creado en torno de sí han surgido de este temor a ser tocado por lo extraño, dice Canetti. Si se procede de otra manera, se debe a que alguien nos ha caído simpático. Aparte de eso, el temor al contacto de lo desconocido sólo se redime al sumergirnos en la masa, como en un cuerpo único. Esto provoca que los individuos ya no experimenten temor los unos respecto de los otros. En Canetti, la inversión de la desconfianza a ser tocado hace nacer la masa humana. Esta, sin embargo, puede darse como abierta o cerrada. La primera es la masa natural, cuya ampliación no tiene límites predeterminados; existe mientras crece, y si deja de expandirse se disgrega. La segunda, por el contrario, se configura limitándose. Los accesos a ella se hallan vigilados y no puede ingresarse de cualquier modo. Esta masa gana en estabilidad lo que pierde en desarrollo.
Canetti postula que el acontecimiento más relevante que se origina en el interior de la masa es la descarga, la cual integra a la muchedumbre. En ese momento todos se sienten iguales. Aquello que se descarga son las separaciones y distancias entre los individuos, las cargas particulares que cada uno lleva aisladamente. La descarga consiste en una liberación de aguijones-órdenes (toda orden realizada deja en el que la efectúa un aguijón) y puede asumir formas destructivas. El ataque exterior a la masa la fortalece, pero desde dentro es verdaderamente peligroso. El estallido que no se realiza en los acostumbrados espacios cerrados acontece siempre que la masa pretende el crecimiento súbito, rápido e ilimitado y, como tal, indica la repentina conversión de una masa cerrada en una abierta. El ejemplo que da Canetti de este estallido es la Revolución Francesa. A su juicio, las antiguas masas cerradas se transformaron en instituciones familiares en la medida que la casta y el templo suponen límites demasiados estrechos. Las religiones universales moderan a la masa, que renuncia a su tendencia esencial: el rápido crecimiento. Se conforma, de este modo, a la paridad entre los creyentes (nunca del todo real) y se la contiene dentro de ciertos límites y una férrea dirección que establece la meta de la masa a una gran distancia. Cuanto más remota aparece la meta, tanto más se incrementa su posibilidad de constancia y duración. En lo que Canetti llama la Arena, emerge una masa doblemente cerrada, como un anillo. Hacia fuera, con relación a la ciudad, la Arena despliega una muralla; hacia adentro se eleva la muralla de una multitud que ofrece la espalda a la ciudad. Esta masa descarga hacia dentro.
Canetti distingue cuatro grandes rasgos de la masa: 1) siempre quiere crecer (el sentimiento del hombre para su propia multiplicación fue siempre muy intenso, argumenta Canetti, y el gran número de la manada a que daban caza los primeros homínidos hacía desear que su propio cantidad se acrecentase, de ahí que siempre resulte posible un estallido de masa), 2) en el interior de la masa reina la igualdad, 3) la masa ama la densidad (la sensación de máxima densidad la obtiene en la descarga), 4) la masa necesita una dirección (es decir, existe mientras tenga una meta por alcanzar). Desde el punto de vista del ritmo respecto de su meta, Canetti propone dos tipos de masa: lenta y rápida. Las masas modernas (políticas, deportivas, bélicas) son rápidas, la masa religiosa (cuya meta está en la lejanía), lenta. Además, según el contenido afectivo, hay cinco tipos de masa: de acoso, de fuga (las más antiguas y se generan tanto en los humanos como en los animales), de prohibición, de reversión y la festiva (estas específicamente humanas).
La masa de acoso remite a la unidad humana más primitiva: la muta (“jauría”) de caza. Se caracteriza porque, una vez que obtenido su víctima, se disgrega. Por eso, señala Canetti, los poderosos arrojan una víctima a la masa para interrumpir su crecimiento. Por su parte, la masa de fuga se funda debido a una amenaza (por ejemplo, en un proceso de inflación de la moneda). Se huye juntos, porque de ese modo se huye mejor, pero si se les obstaculiza varias veces el trayecto de huida, pierde la orientación y consistencia. En este caso, la amenaza, que hasta ese momento agrupaba, transforma a cada uno en enemigo del otro, y cada individuo procura salvarse por sí solo. La masa de prohibición se constituye cuando muchos se niegan a hacer lo que hacían como individuos (la huelga). La masa de inversión es la revolucionaria: los oprimidos se rebelan. A su vez, cuando una masa depende de otra para conservarse se crea una doble masa (hombres y mujeres, vivos y muertos, amigos y enemigos). Además, Canetti observa cristales de masa integrados por reducidos y disciplinados grupos de hombres, de gran solidez, que sirven para eventualmente desencadenar masas (soldados y clérigos).
La muta más originaria y genuina es la de caza. De ahí que, reflexiona Canetti, la ley del reparto es la más antigua. La particularidad de la presa determina la conducta de esta muta. La segunda forma la compone la de guerra, y presupone otra muta. La tercera forma se dispone como muta de lamentación, y se establece cuando muere un miembro del conjunto. El cristianismo y el islamismo son religiones de lamentación, pero el primero alcanza una especie de validez universal. Se forman a partir de la leyenda de un hombre o dios que pereció injustamente, de la historia de una persecución, ya sea una caza o un acoso. El ejemplo más notable de una religión de lamentación transformada en muta de guerra, por mediación de la Iglesia, son las cruzadas. La cuarta se establece como muta de multiplicación. Se crea cuando el grupo y aquello con lo que está relacionado, animales o plantas, necesitan acrecentarse en cantidad. Aparece, en el pensamiento de Canetti, como de enorme relevancia en la medida que fue la que condujo a la propagación de la humanidad, posiblemente debido a la escasa descendencia humana, salvo excepciones. En la guerra, por lo demás, la debilidad provenía del bajo número de los combatientes. En la edad moderna, la muta de multiplicación se convirtió en la masa productiva.
II.
Según Canetti, aferrar una presa define el máximo grado de acercamiento. En muchos animales, en vez de la garra o de la mano, el hocico se encarga de sujetar para luego incorporar. Entre los humanos, la mano que ya no suelta es el primer símbolo del poder. Del mismo modo, el deseo de eludir la muerte expresa la más vieja predisposición de los poderosos. Si bien el agarrar conforma el acto central del poder no hay que olvidar, señala Canetti, una acción simultánea y no menos importante: no dejarse agarrar. Todo poderoso intenta evitar, poniendo distancias, que se le acerquen demasiado. El instrumento más evidente del poder, que el hombre comparte con muchos animales, son los dientes; lo primero en toda forma de poder. En consecuencia, la meta del que quiere subyugar a los hombres es degradarlos, privarlos de su resistencia y derechos y finalmente absorberlos. La digestión concierne al campo del poder. En ella se agarra algo, se lo desintegra y se lo asimila desde dentro. De tal proceso se vive. En ese sentido, todo lo que se come es objeto de poder. Inversamente, se llama madre a quien da de comer su propio cuerpo. No existe poder más intenso que este.
Sin embargo, para Canetti, el sobreviviente es la figura principal del poder. El deseo de inmortalidad proviene de esta pasión por sobrevivir a toda costa, aun pactando, que indica el modo más bajo de supervivencia. Con frecuencia, el sobreviviente se estima el más fuerte simplemente porque está vivo, y aquel que ha sobrevivido muchas veces se muestra, ante todos, como un héroe. Entiende Canetti que no se puede obtener de otra manera la sensación de invulnerabilidad. Quien se oculta ante el peligro, sólo ha postergado su suerte. En cambio, quien lo enfrenta y sobrevive y vuelve a afrontarlo, adiciona los momentos de supervivencia y puede alcanzar así la sensación de invulnerabilidad. A esto se debe la renuencia de los gobernantes respecto de los supervivientes (el decisivo rasgo del poderoso es su derecho sobre la vida y la muerte). Verdaderamente sólo está sometido quien se deja matar por el poderoso, pero el que no obedece presenta combate. En sobrevivir consiste la pasión más propia del poder, porque el éxito más innegable reside en mantenerse vivo. De ahí que los muy ancianos, en algunos pueblos primitivos, disfrutan de prestigio y privilegios.
Cuando la coerción próxima y continua se prolonga durante mucho tiempo evoluciona en poder, que es más vasto y más complejo que la simple fuerza restrictiva, además de conllevar una cierta dosis de paciencia. Canetti subraya que la palabra Macht, poder, deriva de la raíz gótica, magan, que significa “poder, ser capaz”, y no está relacionada en absoluto con la raíz machen: “hacer”. Como capacidad del poder, la velocidad se corresponde con la habilidad para dar alcance o agarrar. En ambos casos, los animales fueron el modelo del hombre. Desde la domesticación del caballo, la velocidad como atributo del poder se ha incrementado permanentemente, hasta llegar a la edad técnica. En todo caso, a la acción del agarrar incumbe una clase muy distinta de rapidez, la del desenmascaramiento. La máscara como medio de disimulación (o simulación) se remonta a la más lejana prehistoria. Se combate el enmascaramiento del enemigo con el mismo recurso, de modo que se pueden conseguir, de máscara en máscara, importantes desplazamientos en las relaciones de poder.
El desenmascaramiento exige el interrogatorio, al menos como posibilidad. La secuela de las preguntas, reflexiona Canetti, no hace más que engrandecer el sentimiento de poder de aquel que interroga. Quien responde se somete al interrogador en directa proporción a cuanto más cede a las preguntas. Ante esta situación, un medio de defensa exterior son las contra-preguntas, pero íntimamente el secreto funciona como una gran coraza contra las preguntas. El poder callar alcanza el extremo último de la defensa y se lo valora como una virtud, porque significa que se tiene la fuerza de resistir a los innumerables motivos exteriores que incitan a hablar. Se concluye de ello que el secreto reside en el centro del poder (acechar, por su naturaleza, supone un acto secreto). Existen grados de concentración del secreto medido por la relación entre la cantidad de aquellos a quienes afecta y el número de quienes lo guardan. Los secretos técnicos se definen como los más concentrados y peligrosos: influyen sobre todos, pero sólo unos pocos saben de ellos.
El poder emite órdenes como una nube de flechas mágicas, afirma Canetti, de tal manera que una orden se asemeja a una flecha. Lo más evidente de ella es que provoca una acción, y no permite réplica. Se obedece porque no se podría dar combate con posibilidades de triunfo. No obstante, la orden ha surgido antes que el habla, de lo contrario los perros no la podrían captar. El amaestramiento de animales se trata precisamente de que comprendan qué se quiere de ellos, sin conocer el habla. Cabe pensar, como propone Canetti, que el más antiguo efecto producido por la orden ha sido la fuga, la cual le viene prescrita al animal por alguien más fuerte, y es tan intensa y directa como la mirada. En consecuencia, la orden deriva de la orden de huida (la circunstancia más primitiva: un animal amenaza a otro de especie diferente). En otras palabras: la orden más antigua – y mucho antes de que existiera la humanidad – implica una sentencia de muerte y obliga, por consiguiente, a la fuga.
La orden, en cualquier caso, se ha apartado de su primigenio origen biológico. Se domesticó, de acuerdo a Canetti. Sucedió que, a medida que se desarrollaba la civilización, se generó una sólida relación entre el conceder alimento y la orden. Esta consiste básicamente en un impulso y un aguijón. El primero obliga al receptor al cumplimiento; el segundo subsiste en quien ejecuta la orden. El aguijón penetra en lo profundo de aquel que ha obedecido y se queda dentro de él. Por esto, ninguna orden se disuelve del todo. Los niños comprenden los destinatarios de órdenes más afectados (todo niño no pierde ni perdona ninguna de las órdenes con que fue maltratado, dice Canetti); en los adultos los aguijones interiorizados en la infancia se conservan intactos. Desde temprano se está acostumbrado a las órdenes, y de ellas se compone en gran parte lo que se llama educación. También toda la vida adulta está atravesada por aquellas. Quien más tiempo necesita para liberarse de los aguijones – si no evitó las órdenes –, o quien no posee capacidad para ello, es el más carente de libertad.
Según Canetti, la orden impartida a la masa – a muchos – no deja aguijón. La amenaza, que origina la fuga de masa, se desvanece en la huida. La masa de inversión (la masa revolucionaria) está conformada por muchos para liberarse en común de los aguijones-órdenes a los que están sometidos individualmente. Este grupo se une y se vuelve contra otro como los autores de todas las órdenes que han soportado durante demasiado tiempo. No obstante, el sistema de órdenes está universalmente aceptado, de modo que la orden exime de responsabilidad (se sabe que aquellos que actúan bajo orden son capaces de los actos más crueles, mientras se consideran por completo inocentes). Canetti sostiene que deben hallarse los medios para mantener libre de la orden a la mayor parte de los individuos. No debe permitírsele rasgar más que la piel. Es necesario que sus aguijones se conviertan en espinas que se puedan desprender con un leve gesto.
Bibliografía
Canetti, Elias, Masa y poder. Alianza, Madrid 2000. Traducción: Horst Vogel.
